Sobre la autora

«R. Fénix nació un lunes de diciembre 39 años atrás en Sanxenxo, Pontevedra. Se ha pasado la vida encadenando palabras y canalizando sus emociones a través de ellas. Soñaba con hacer sentir a los demás todo lo que ella era capaz de sentir a través de la escritura. Tras presentarse a varios certámenes literarios, en 2021 decidió probarse a sí misma y escribir una historia en posts de Instagram sin tener nada planificado, consiguiendo suficiente feedback como para darse cuenta de que aquello realmente era lo que quería hacer, que no solo se trataba un hobby. Tras un tiempo de parón en el que las dificultades económicas frenaron su emprendimiento, este año finalmente ha dado el paso de autopublicar su primera novela.
Con esta primera parte de la bilogía UNBREAKABLE comienza su andadura literaria».

Esto es lo que puedes leer en las últimas páginas de mi libro, aunque no condensa fielmente cómo me lancé a publicar mi primera novela.

Si todo dependiera del deseo, hubiera sucedido cuando empezaban a salirme los primeros granos, pero la vida es un torbellino que te engulle y te mantiene suspendida en un mareo continuo de necesidades y responsabilidades que no dejan sitio para nada más. Afortunadamente, a veces reunimos el coraje necesario para dejarnos arrastrar por la fuerza centrífuga y lanzarnos hacia lo desconocido. Allí encuentras cierta lucidez y, con ella, te das cuenta de lo que realmente te hace feliz. Es como reconocer, por fin, cuál es tu verdadero amor.

No hay nada original en mis inicios: comencé a escribir mucho antes de darme cuenta de que lo estaba haciendo realmente. De niña llenaba cuadernos con pensamientos sueltos, historias inventadas y diarios, sobre todo diarios. Cajones llenos de ellos, rebosantes de sentimientos. Para mí la escritura siempre fue un espacio seguro, una forma de entender el mundo cuando no encontraba las respuestas fuera. Una poderosa herramienta para entenderme y para poner en palabras mis sentimientos. Cuando naces en un entorno hostil, tu instinto de supervivencia te hace ser creativa. Comenzó siendo una manera muy particular de transformar el dolor en belleza y, con el paso del tiempo, ese hábito íntimo se transformó en vocación.

A veces creo que he perdido el tiempo cumpliendo las expectativas de los demás y conformándome con pagar facturas; ignorando las ansias de ese algo más que iba creciendo dentro de mí, abocada a la insatisfacción personal. Y es que todo eso de hacerme caso y conectar con lo que realmente me mueve me llegó a las puertas de los cuarenta. Supongo que tuvo mucho que ver que mi particular torbellino —real y figurado— me escupiera a una realidad inhóspita años atrás, cuando me convertí en madre y aprendí sobre mí misma como nunca antes. Y así fue como tomé consciencia y me descubrí soñando cómo sería mi vida si hacía de la escritura mi modo de vida. Jamás me lo había planteado antes, era como considerar ganarse la vida respirando o caminando.

Y cuando crees que tienes la determinación suficiente para hacerlo, siempre hay alguien a tu alrededor que te dice: «Nah, eso no es más que un hobby». Sorpresa: no. No lo es y no lo ha sido nunca.

No empecé a escribir por pasar el rato, sino por pura necesidad emocional. Es una actividad que me resulta inevitable, que me brota sin esfuerzo, que me hace feliz y que me resulta tremendamente placentera. Y ese placer se vuelve infinito ahora que he pasado de contar mis sentimientos a una hoja en blanco a crear historias que remueven, que emocionan, que hacen sentir, reír, llorar… ¡He escrito un libro que se ha convertido en el favorito para alguien! De locos.

Hoy me confieso adicta a provocar emociones a través de lo que escribo. Es un poder tan inmenso que no tengo intención alguna de desengancharme. Es puro deleite.

Ojalá te gusten mis libros, ojalá los compres o los regales muchas veces, para que pueda llegar a toda esa gente que está inmersa en su propio torbellino y necesita un buen libro para sentir de verdad… hasta que esta pasión se convierta, por fin, en mi oficio.

Mil gracias.


No hizo nada más que mirarme con aquellos enormes ojos que relucían bajo el sol, con la pupila contraída del tamaño de un granito de quinoa. Y nos hubiéramos podido quedar allí durante horas, incluso si el sol se escondía y nos descubría la luna tiritando de frío.
Pero habló.

Mateo

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